domingo, 27 de noviembre de 2016

Contraportada de "Duncan, el frailecillo valiente"

El archipiélago de las Islas Perdidas 


            En este mapa se puede ver el escenario donde transcurren las aventuras y desventuras de "Duncan, el frailecillo valiente". Desde el comienzo del proyecto iba a estar dispuesto en la contraportada, así que los cuatro elementos que rodean al archipiélago debían ser evocadores, pero sin revelar en demasía el contenido del interior. 

            Una cruz islandesa, -lo suficientemente ambivalente como para servir de crucifijo y de martillo del dios Thor-, me sirvió para la rosa de los vientos de la parte superior izquierda. En ella, el Norte está simbolizado por un lobo, pueda ser el mismo Fenrir, y este punto cardinal es, en sí mismo, un personaje más de esta extraña saga. El Norte, condena y salvación a un tiempo, con sus vientos, nubes y niebla.

            La personificación de esos elementos ocupa la esquina superior derecha. El viento sopla a la contra, -o al menos en el sentido tradicional de lectura-, entorpeciendo el avance, no sólo de la lectura, sino de la propia vida. Un archipiélago rocoso, de acantilados, sin árboles, que sólo puede ser paraíso para las aves acuáticas como los frailecillos, será el reino donde tenga lugar nuestra acción.




             La vida animal, auténtica protagonista del relato, está representada, en este caso, por una ballena. No aparece ninguna en el cuento, pero el objetivo era evocar sentimientos y sensaciones. Las ballenas, esas islas en movimiento, -esos monstruos encantadores de los mapas de la Edad Moderna-, simbolizan la majestuosidad y la enormidad del océano y de sus habitantes. También evocan, en este archipiélago que tantas semejanzas tiene con las Islas Feroe, el (ahora) "infame" Grind, la caza que de las ballenas piloto se realiza todavía y que tanta ira despierta entre los activistas verdes y "Sea Sepherds". Algo de todo eso hay, si bien plasmado de otro modo, en el las páginas del interior. 


            El drakar, por último, al pairo, con el velamen recogido y desierta la cubierta, es a la vez símbolo y un elemento fundamental en la acción del relato. La proa con forma de dragón estaba destinada a amedrentar a los espíritus -y suponemos que a las gentes- de las tierras a las que se acudía con intenciones saqueadoras. Su sola silueta trae a la memoria todo el pack: los (falsos) cascos con cuernos, las barbas pelirrojas trenzadas, las hachas, los cuervos, los monjes ahogados en Lindisfarne y toda la cantinela del "A furore normannorum libera nos domine". Es, también, el artificio, la creación del hombre para aprovecharse de esos vientos y domar las olas.